Textos

Evidencialismo Siegrid Wiese

(2011-2013)

No me interesa lo decorativo, ni lo hermoso, ni lo dulce, ni lo delicioso. […]. El arte sólo sirve para algo si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas y desespero. Solo un arte irritado, indecente, violento, grosero, puede mostrarnos la otra cara del mundo, la que nunca vemos, o nunca queremos ver para evitarle molestias a nuestra conciencia.
Pedro Juan Gutiérrez (2012:105)
Trilogía sucia de la habana

Descentrado, alegórico, esquizofrénico… Al margen de cómo queramos interpretar sus indicios, el evidencialismo de Siegrid Wiese es la primera mirada. La que sin mayores pretensiones confronta su propia visión del mundo con la nuestra y de tal forma que -aún sin desarraigarse de una tradición cultural occidentalista y sin intensión-, pone en crisis a una cierta autoridad, conferida a una estética local y a sus instituciones.

Es la segunda mirada. La que únicamente revela a la artista la otra cara del mundo, la que evidencia sus profundos deseos, su irracionalidad y su violencia; sus turbaciones, su debilidad y su dolor. La visión, que se vuelca contra el espectador y lo perturba, porque su espectro encuentra una extensión de sí mismo dentro de él. De su propio dolor y su debilidad; de sus propias turbaciones y de su violencia, de su irracionalidad y de sus profundos deseos.

Por eso este evidencialismo en devenir es también esa tercera mirada, la que arremete contra la evidencialista, la que desde hace tiempo la hostiga y exhorta a encontrarse a sí misma en su visión de los demás y a revelarse en la imagen que sólo una “cómoda consciencia” no quisiera mostrar, ni ver.
Así, este evidencialismo claramente transcurre, no sólo por la manera en cómo ve y cómo se observa, sino también por la forma en cómo se plasma y nos hace vernos; por lo cual, esta exposición en retrospectiva nos intima, con la artista y su obra para evidenciar su propio proceso deconstructivo y el nuestro.

Víctor A. Ricárdez-García
vricardez@redantropologica.org

EVIDENCIALISMO

Actitudes humanas; algunas que no se notan a simple vista y “parecen” no tener trascendencia; otras más que se muestran abiertamente pero pasan desapercibidas.

Cualquiera que sea el caso, definitivamente las considero gran parte del carácter de los individuos. Esto me ha interesado por varios años y detectándolas rápidamente he decidido plasmarlo para compartir con el espectador la forma en que percibo a las personas, desde mi familia, hasta el individuo con el que comparto el asiento en el autobús, es también, si duda la forma de percibirme a mi misma.

Todo esto concluye en un mero pretexto de búsqueda interior.

SIEGRID WIESE

SIEGRID WIESE

Lo abominable es consustancial al ser humano. Es el lado obscuro que pocos artistas se atreven a revelar abiertamente mediante sus obras, o lo hacen inconscientemente. Fue en el siglo XV cuando los habitantes de Roma descubrieron lo que fuera Domus Aurea, un palacio construido por Nerón decorado profusamente de avíos y elementos oníricos muchas veces chabacanos. Creyeron que eran grutas. Por ello dieron en llamar a esa ornamentación arte grotesco.

Hay en la obra de Siegrid Wiese (México, DF, 1980) ese elemento perturbador que remite al espectador a lo primigenio, al vacío de la orfandad humana que no se llena con los oropeles de la pintura mercadotécnica o la desmesura de objetos pretendidamente conceptuales, que sólo abisman el sentido ontológico del ser humano.

La obra de Wiese persigue, deliberadamente o no, el propósito de hacernos ver la decrepitud e inutilidad de la Humanidad. Nos revela que somos un despropósito en este mundo inmundo. Sus personajes, más allá de la caricatura, son un retrato, no de lo que pretendemos ser, sino de nuestra realidad.

Así, Wiese puebla su obra de personajes grotescos, monstruos extravagantes, gnomos impensables, enigmáticas mujeres, paisajes desolados y en perenne destrucción. El espectador ve el mundo a través de un espejo sin reflejo, el sinsentido de la vida.

Hay, qué duda cabe, un persistente pero sutil elemento dantesco que impregna la obra de la pintora y que la hace, contradictoriamente, luminosa. Brillante por los claroscuros, por la difuminación de los paisajes.

Wiese no teme recurrir a seres fantásticos y elementos suprarreales para recordarnos que provenimos de una improbable evolución, y que el sueño en que vivimos en realidad es solo una pesadilla.

No puede dejar de pensarse, cuando se ve la obra de Wiese, en El Bosco, “el primer surrealista –surrealista avant la lettre-, y el más grande”, a decir de Westheim, por los mundos poblados de demonios y criaturas inverosímiles.

Con todo, el camino recorrido por la artista apenas empieza; la obra que la precede marca un devenir promisorio. Basta mencionar que la pintora ha expuesto más de una treintena de veces –colectiva e individualmente- de 1999 a la fecha.

Ulises Torrentera

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